¿Qué impacto tienen las evaluaciones estudiantiles?

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Las evaluaciones estudiantiles se utilizan alrededor del mundo para medir el aprendizaje y brindarle a los hacedores de políticas una medida de la calidad de la enseñanza en distintas escuelas. ¿Pero qué impacto puede tener el compartir los resultados con docentes y administradores sobre sus prácticas de enseñanza y gestión? Un reciente experimento en la provincia de La Rioja, Argentina, buscó contestar esta pregunta. Rafael de Hoyos, investigador principal del proyecto y economista líder en el Banco Mundial, nos explica los resultados de la investigación y qué lecciones ofrecen para la política educativa de América Latina.

Sabemos que las evaluaciones estudiantiles son herramientas críticas para darse una idea de la calidad de la educación en las escuelas. Tu estudio reciente en Argentina explora el impacto que tienen los resultados de las evaluaciones estudiantiles en las prácticas escolares. ¿Puedes contarme un poco más sobre el estudio y sus hallazgos?

Nuestra motivación principal cuando diseñamos esta intervención hace más de cuatro años fue probar que los exámenes estandarizados no tienen que ser “neoliberales” – es decir, crear rankings o ligar el financiamiento a los resultados – para tener un impacto en el aprendizaje. Diseñamos un ensayo controlado aleatorio para evaluar el impacto de usar los resultados de exámenes para darles a las escuelas boletines o reportes de desempeño y asistencia técnica para promover mejoras. Nuestra conclusión principal fue que darles a las escuelas estos boletines y una cantidad mínima de asistencia técnica (para ayudarles a dar sentido a los resultados) resulta en impactos positivos en el aprendizaje de los chicos.

¿Cuáles fueron algunos de los comportamientos que los maestros y administradores adoptaron luego de que se hicieran públicos los resultados de las evaluaciones?

Los directores de las escuelas, por ejemplo, usaron los resultados de las evaluaciones para definir metas de aprendizaje y monitorear el desempeño de los docentes y los alumnos en base a estas metas. Los alumnos de las escuelas que recibieron la intervención también dedicaron más tiempo a dar explicaciones y se aseguraban que todos los estudiantes entendieran el material. Los alumnos en estas escuelas también reportaron en mayor medida que sus maestros los alentaban a dar lo mejor de sí mismos y también a reflexionar más sobre lo que leían.

Dinos cuáles son las implicaciones de política de estos hallazgos. ¿Crees que brindar información sobre desempeño es suficiente? ¿Hay actividades que pueden maximizar el impacto de tener información pública sobre los resultados de exámenes estudiantiles?

Quizás la implicancia de política más importante es que, a pesar de las limitaciones propias de las evaluaciones estudiantiles, no aplicarlas tiene un costo alto. La secunda implicancia es que un examen estandarizado no necesita usarse para “rendir cuentas” o crear rankings entre escuelas para impactar positivamente el aprendizaje. De hecho, los impactos que observamos en la Rioja y en un estudio similar en Colima, México demuestran que usar exámenes estandarizados para propósitos “diagnósticos” es una estrategia muy efectiva para mejorar el aprendizaje sin tener las confrontaciones políticas que normalmente conllevan las evaluaciones basadas en la rendición de cuentas. La información, más la cantidad mínima de asistencia técnica a las escuelas, es suficiente para activar mejoras.

¿Crees que medir el aprendizaje estudiantil puede sentar las bases para la enseñanza personalizada en el aula? Si es así, ¿qué se necesitaría para que esto suceda?

Sí, medir el aprendizaje de los alumnos puede sentar las bases para la instrucción personalizada, pero sólo si las escuelas usan herramientas de evaluación con características muy diferentes a las de evaluaciones convencionales. Por ejemplo, tendría que ser una evaluación que pueda ser administrada por la escuela a un bajo costo, idealmente al inicio del año escolar para poder identificar los niveles de dominio de cada alumno en el aula, y luego otra vez al final del año escolar para hacer seguimiento de su progreso. El verdadero reto es cómo los maestros pueden personalizar la enseñanza una vez que conocen el nivel de aprendizaje de cada alumno. Yo no creo que esto sea factible—al menos no con la “función de producción” tradicional de 15 a 30 alumnos por maestro. Sin embargo, el uso de la tecnología hace la instrucción personalizada mucho más factible, como se demostró en un artículo que publicaron el año pasado mi colega Alejandro Ganimian y otros.

Algunos países desarrollados tienen mecanismos para premiar el buen desempeño y sancionar el mal desempeño en evaluaciones estudiantiles – por ejemplo, ligando el desempeño a los salarios de los docentes y el financiamiento de la escuela. ¿Cuál es tu postura acerca de este tipo de sistema de rendición de cuentas? ¿Qué crees que es más apropiado para el contexto latinoamericano?

Aunque en teoría ligar el aprendizaje estudiantil a los salarios docentes o al financiamiento de la escuela suena como una política razonable, en la práctica es una mala idea por los muchos retos políticos y técnicos que hay en la región. Piensa en lo siguiente: si el aprendizaje estudiantil determinara los salarios de los docentes, entonces tendría que haber un examen estandarizado para cada grado en cada año. En el caso de secundaria, necesitarías exámenes por materia cada año en cada materia. Asumiendo que un país está dispuesto a gastar tantos recursos en evaluaciones, entonces tendrías que tener una medida fiable del valor agregado de cada docente sobre el aprendizaje estudiantil. Pero esta medida sería altamente subjetiva. Asumiendo que los expertos llegan a un consenso sobre la función de valor agregado para definir la contribución de cada docente y ligar esto a su salario (o el financiamiento de la escuela) entonces tendrías que tener la aceptación y apoyo de los maestros, lo cual, en América Latina, sería políticamente muy difícil de lograr.

Rafal De Hoyos es economista líder de la Unidad de Educación para América Latina y el Caribe del Banco Mundial.