Argentina: Optimismo sin euforia

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¿Qué pasará con las reformas tras el triunfo del gobierno en las elecciones legislativas?

Mauricio Macri tiene razones para celebrar: los argentinos acaban de respaldar de forma contundente su agenda de reformas. Los desafíos políticos y económicos que enfrentará sugieren que el gobierno avanzará gradualmente, aunque con mayor impulso tras la ratificación electoral. Para capitalizar este triunfo, Macri deberá escoger cuidadosamente sus batallas, resolver inconsistencias del programa económico, y mostrar resultados concretos para mantener la confianza de los inversores y de los ciudadanos

Un triunfo nacional y una derrotada

A solo dos años de su creación, la coalición de gobierno (Cambiemos) es la primera fuerza política del país: obtuvo más del 40% de los votos a nivel nacional, y ganó en la mitad de las provincias, incluyendo las cinco más pobladas. Tal vez igual de importante, Cambiemos se impuso en la estratégica Provincia de Buenos Aires, donde la derrotada fue la ex presidenta Cristina Kirchner, que aun así ingresará al Senado. La cara visible de la campaña de Cambiemos en la Provincia fue la popular gobernadora María Eugenia Vidal, que se consolida como una de las líderes políticas con mayor proyección a futuro.

Beneficiado por las divisiones del peronismo entre kirchneristas, moderados y caciques locales, Cambiemos creció en el Congreso: obtuvo 108 de 257 diputados (tenía 86), y 24 de 72 Senadores (tenía 15). Hay otra buena noticia para el gobierno: los resultados sentenciaron el fin del liderazgo nacional de Fernández de Kirchner, pero su apoyo entre los sectores populares le garantizan una cuota de poder importante en el peronismo, que puede bloquear la necesaria renovación del antes partido hegemónico. Tras la derrota, la ex presidenta se autoproclamó líder de la oposición (e implícitamente, del peronismo). Mientras no surjan liderazgos alternativos, Macri podrá continuar argumentando que la opción de los argentinos es entre el “cambio” que él encarna y “el regreso al pasado”.

La magnitud del triunfo del gobierno sorprende porque los dos últimos años no fueron fáciles. Macri ha venido implementando cambios tal vez necesarios pero dolorosos, como la eliminación de subsidios, una liberalización parcial de la economía y cierta racionalización del gasto público. Los argentinos parecen confiar en que las reformas generarán beneficios, y la economía da signos de haber superado la recesión (el FMI espera un crecimiento de 2.7% para 2017). Como resumió un influyente asesor presidencial: “los argentinos están teniendo más paciencia de lo que imaginábamos”. En su discurso de victoria Macri apeló a este optimismo, cuando dijo que “lo peor ya pasó”.

Las reformas que vienen

 Ganada la elección, llegó la hora de transformar esa esperanza en resultados concretos. No está en duda la estrategia de implementación gradual de las reformas, pero es probable que el respaldo popular acelere el ritmo de los cambios. Para algunas voces influyentes en el gobierno, Macri ganó mucho capital político para sentarse a negociar con empresarios, gobernadores, legisladores y sindicatos, y debe usarlo. Cambiemos, sin embargo, seguirá estando en minoría en el Congreso, lo que obligará a buscar consensos y necesariamente moderará las reformas. En la etapa que viene será clave, entonces, la capacidad del gobierno de balancear las expectativas domésticas y externas con lo política y socialmente posible.

Cómo maneje el gobierno los dos primeros ítems en su agenda de reformas dará pistas acerca de su estrategia a futuro. En los próximos días se espera que el ministerio de Hacienda presente una propuesta de reforma impositiva. Argentina tiene una de las presiones impositivas más altas de América Latina, y potenciales inversores demandan la simplificación de un arcaico sistema que superpone impuestos nacionales, provinciales y municipales. El gobierno sabe que reducir y ordenar los impuestos a las empresas es fundamental para ganar competitividad, pero los sindicatos exigen bajar también los impuestos al salario, y el déficit fiscal de más del 3% del PBI da poco espacio para contentarlos a todos. Será clave la negociación con los gobernadores, que controlan a muchos legisladores nacionales: Macri les ofrecerá un reparto más equitativo de los recursos entre el estado nacional y las provincias a cambio de apoyo legislativo a sus reformas. El filtro de los gobernadores será otra fuente de moderación.

La segunda reforma inminente es la laboral. Aún pesa el recuerdo de Raúl Alfonsín, presidente que intentó limitar el poder de los sindicatos peronistas y fracasó, desatando un aumento de la tensión social y 13 paros generales en todo su gobierno. Para evitar ese destino, Macri probablemente avance en dos frentes. Por un lado, ofrecerá a los sindicatos reformas a la alemana, con acuerdos entre empresarios y trabajadores para bajar costos sin alterar el nivel de empleo, como ya se hizo con éxito en algunos sectores como el petrolero. En esta estrategia moderada también se inscribe un plan para regularizar a millones de trabajadores informales, que cuenta con el apoyo de la Confederación General del Trabajo.  

Pero al mismo tiempo, se espera que Macri presione a los sindicatos con su nueva potencia electoral: el gobierno avanza sobre algunos líderes sindicales combativos, y varios están en la cárcel por corrupción. Los sindicatos peronistas, pragmáticos por naturaleza, entendieron el mensaje: si Macri contiene las demandas empresariales de facilitar los despidos y limita su campaña de limpieza, seguramente tendrá apoyo sindical para ciertas reformas parciales. La duda es si alcanzará para reducir el histórico “costo argentino”, que encarece la producción nacional frente a la de otros países de la región.

El horizonte de los cambios

 Argentina acumuló una larga lista de asuntos pendientes en la última década, que el gobierno espera atacar cuanto antes para destrabar la economía y potenciar el crecimiento. Entre las prioridades está una reforma profunda de la administración pública, para simplificar trámites y reducir el peso de la burocracia. También se esperan cambios en materia educativa, con el fin de mejorar los estándares y adaptar la enseñanza a la dinámica de la economía global. El gobierno, además, propondrá cambios al sistema jubilatorio, para dar incentivos a quienes quieran trabajar más allá de la edad de retiro.

El tiempo apremia: el presidente debe aprobar el grueso de su programa legislativo antes del mundial de futbol de Rusia en julio de 2018, porque luego empezará la campaña hacia las elecciones presidenciales de 2019. Tras el triunfo en las elecciones de medio término se asume que Macri será candidato a la reelección. Esto va a impulsar el ánimo negociador de sindicatos, empresarios y políticos. Después de todo, Macri podría gobernar hasta 2023.

Además, el gobierno deberá mantener un delicado equilibrio: sin medidas que aumenten la competitividad no vendrán las inversiones productivas que el país necesita para agregar valor agregado a sus exportaciones, desarrollar su infraestructura y generar empleo. Pero los argentinos (a pesar de nuestro conocido ego) no están acostumbrados a competir en condiciones de mercado. El presidente salió reforzado de las elecciones, pero deberá lidiar con empresarios, sindicalistas y políticos que no están dispuestos a perder los privilegios, subsidios y protección estatal de los que gozaron hasta ahora.

Un exceso de pragmatismo de Macri para negociar con estos actores podría generarle problemas al interior de su coalición. Elisa Carrió, volátil líder de Cambiemos que arrasó como candidata en la Ciudad de Buenos Aires, presiona al presidente para que cumpla con sus promesas de renovación del sistema político y judicial. En los próximos días avanzarán causas judiciales contra Cristina Kirchner (que ya goza de inmunidad parlamentaria) y ex funcionarios de su gobierno por corrupción. El gobierno aprovechó esos escándalos del kirchnerismo durante la campaña. Ahora debe convertir esa estrategia electoral en mejoras institucionales.

A estos desafíos se suma un panorama económico que muestra signos de reactivación, pero está lejos de ser ideal, y un contexto global incierto. La inflación está bajando, pero cerrará 2017 en un 22% (la segunda más alta de la región tras Venezuela), muy por encima de la meta del Banco Central de 17%. Otro problema a futuro es el nivel de endeudamiento que, aunque es manejable por el momento (57% del PBI), está creciendo a un ritmo muy elevado. Para evitar recortes drásticos al gasto público, en los dos años de mandato de Macri la Argentina se endeudó por más de 70 mil millones de dólares, para un total de 330 mil millones de dólares. El pago de intereses de la deuda, a su vez, dificulta la reducción del déficit. Si el gobierno no logra cuadrar las cuentas sin tomar más deuda la situación puede volverse insostenible. La deuda pública es un asunto sensible en Argentina, que ha sufrido un buen número de defaults y colapsos financieros.

Paradójicamente, el gobierno argentino busca reinsertarse en la economía global justo cuando Estados Unidos se mueve en la dirección opuesta bajo el gobierno de Donald Trump. Washington, por ejemplo, bloqueó las importaciones de biodiesel argentino, de varios miles de millones de dólares al año, por acusaciones de dumping. El gobierno de Macri también mira con atención a la Fed: una suba de las tasas de interés afectaría fuertemente a la Argentina. Macri espera cerrar pronto un acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea, pero el escepticismo de Emmanuel Macron (que busca proteger el sector agrícola francés) podría trabar las negociaciones. Brasil, principal socio de la Argentina, es otra fuente de incógnitas: aunque salió de la recesión continúa inmerso en una grave crisis política, y nadie puede anticipar quién ganará las elecciones presidenciales de 2018. Aún más, la dura flexibilización laboral aprobada por Brasil recientemente amenaza con quitar competitividad a la Argentina.

Los desafíos domésticos y externos que deberá enfrentar Mauricio Macri son enormes, pero acaba de recibir un espaldarazo clave. En una región llena de líderes impopulares, economías estancadas y crisis políticas, Argentina parece ser una de las pocas noticias positivas. Que lo continúe siendo dependerá de la habilidad del gobierno para aprovechar el triunfo sin caer en excesos ni descuidar el largo plazo. Curiosamente, tanto Macri como Cristina Kirchner utilizaron la misma frase ante sus seguidores tras la elección, la noche del 22 de octubre: “esto recién comienza”.