¿Girará Mexico a la izquierda en 2018?

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Mientras que la izquierda parece estar en retirada en América Latina, las elecciones locales en México confirmaron el ascenso del líder izquierdista Andrés Manuel López Obrador (o AMLO). Su partido, Morena (Movimiento de Renovación Nacional), quedó a solo tres puntos de arrebatarle al PRI su bastión histórico en el estado de México, el más poblado del país. Los partidos tradicionales, el antes hegemónico PRI y su rival conservador PAN, han sonado la alarma sobre la “amenaza populista” de AMLO, comparándolo con el fallecido líder venezolano Hugo Chávez. Aunque estas acusaciones deben leerse como una estrategia de campaña, el cerrado resultado en el estado de México y la ventaja de López Obrador en las encuestas para las presidenciales podrían anticipar un cambio político sin precedentes en la segunda economía de América Latina.

En el último tiempo factores domésticos y externos parecen estar alineándose en favor de López Obrador, que será candidato a la presidencia por tercera vez en julio de 2018. Su ascenso se debe fundamentalmente a la baja popularidad de los partidos tradicionales, más que a un cambio ideológico en la sociedad mexicana. Doce años de gobierno del PAN (2000-2006 y 2006-2012) y más de cuatro del “nuevo PRI” del presidente Enrique Peña Nieto no han podido resolver los problemas estructurales de México, incluyendo niveles de violencia y corrupción altísimos, servicios públicos deficientes e inmensa desigualdad social. López Obrador, un ex miembro del PRI, ha basado su atractivo político en su oposición frontal al establishment del PRI y el PAN, que él denomina “el régimen” o “la mafia del poder”.

Los errores de los partidos tradicionales fortalecieron a AMLO. Peña Nieto logró aprobar importantes reformas al comienzo de su mandato, incluyendo el fin del monopolio estatal sobre el petróleo (una vaca sagrada del nacionalismo mexicano), la apertura del sector de las telecomunicaciones dominado por Carlos Slim, y una moderada flexibilización del mercado laboral. A pesar de la necesidad de las reformas, el gobierno fracasó en su implementación, y en comunicar sus potenciales beneficios a la población. Luego de dejar a su partido (el PRD, surgido del ala izquierdista del PRI) en 2012 denunciando su apoyo a la agenda de Peña, AMLO fue exitoso en presentar las reformas como un intento más de las elites políticas y económicas por enriquecerse a expensas de la soberanía y el bienestar de México. 

López Obrador está en ascenso en gran medida porque es percibido como el “anti-Peña”. Escándalos de corrupción, bajo crecimiento económico y la creciente violencia de la “guerra contra el narco” han derrumbado la popularidad del mandatario, con más de un año y medio de mandato por delante. Algunas encuestas muestran que el apoyo a Peña es inferior al 20%. El presidente es percibido como distante y elitista, siendo el miembro de una dinastía política (conocida como Grupo Atlatomulco) que ha gobernado al estado de México por 23 años (29 sumando el mandato de Alfredo del Mazo, gobernador electo y primo de Peña). AMLO, en contraste, es visto por muchos mexicanos como un enemigo de los intereses políticos y económicos tradicionales, un cruzado anticorrupción con un modo de vida austero y un líder cercano a las preocupaciones de los más vulnerables.

En el frente internacional, el discurso xenófobo y anti mexicano de Donald Trump, incluyendo el infame muro, han acentuado el nacionalismo mexicano que López Obrador intenta representar. Mientras que Peña Nieto y su poderoso canciller, Luis Videgaray, han mantenido un tono moderado con la nueva administración estadounidense, AMLO es libre de denunciar el racismo de Trump en duros términos, una postura mucho más cercana a la de los ofendidos mexicanos. Los sondeos indican que el apoyo a Morena (que ya estaba subiendo) se disparó tras la victoria de Trump en noviembre de 2015.

Líderes del PRI y el PAN han planteado la elección de 2018 como un choque entre la democracia y el autoritarismo de corte bolivariano. Sugieren que López Obrador puede ser la versión mexicana de Hugo Chávez o (aún peor) de su malogrado sucesor Nicolás Maduro. El tono mesiánico del discurso de AMLO es innegable, y Morena (más un club de fans que un partido político moderno) no ha condenado las violaciones a los derechos humanos en Venezuela. Pero las advertencias sobre la inminente llegada del chavismo con características mexicanas son en gran medida exageradas. 

Aunque López Obrador es un defensor de la intervención estatal en la economía, difícilmente puede considerárselo un enemigo del sector privado. Como Jefe de Gobierno de la Ciudad de México (2000-2005) gobernó de forma pragmática, expandiendo las autovías y cooperando con empresas privadas para revitalizar zonas deterioradas de la ciudad. El programa económico de AMLO es ambiguo, y confirmó que cree en el rol del sector privado y en promover la competencia. También propuso un referéndum sobre la reforma energética de Peña si llegara a la presidencia, en vez de su eliminación inmediata. Además, López Obrador es un político experimentado, que sabe que la radicalización es una receta para el fracaso en un país tradicionalmente reacio a los cambios bruscos y a la inestabilidad política. Por ejemplo, si bien Morena cuestionó los resultados finales en el estado de México, López Obrador descartó expresamente la convocatoria a movilizaciones callejeras como las que lideró tras su derrota en las presidenciales de 2006. 

El líder de Morena ha mostrado moderación incluso en el futuro de las relaciones con los Estados Unidos. En una columna de opinión publicada en el Washington Post, AMLO denunció la retórica de Trump pero subrayó la importancia de mantener la cooperación entre ambos países. López Obrador es escéptico del libre comercio como Trump. De hecho, ambos líderes creen que el NAFTA (acuerdo comercial entre Estados Unidos, Canadá y México) ha tenido consecuencias negativas para los trabajadores de sus respectivos países. La presencia de los líderes tan volátiles en la mesa de negociaciones podría complicar una eventual reforma del NAFTA, pero Trump suele mostrar más respeto por los gobernantes nacionalistas que por los pro globalización.

Por otra parte, el PRI y el PAN están debilitados, pero no derrotados. La baja aprobación de Peña y la falta de candidatos competitivos hacen poco probable que el PRI pueda retener la presidencia, pero la victoria cerrada del partido en el estado de México demostró que sigue controlando la maquinaria electoral más formidable del país, que ha construido en los últimos 90 años. El PAN, por su parte, tiene dos candidatos fuertes a la presidencia (el gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle, y la ex primera dama Margarita Zavala) y ha forjado alianzas con el PRD a nivel local. No existe la segunda vuelta en México, por lo que un candidato puede ser elegido presidente con un porcentaje relativamente bajo de los votos. Como en elecciones anteriores, el voto contrario a López Obrador podría concentrarse en otro candidato y negarle la victoria a último momento.

Aunque López Obrador llegara a la residencia presidencial de Los Pinos va a tener que lograr acuerdos con las elites políticas y económicas que ahora denuncia. La popularidad de Morena es más fuerte en la Ciudad de México y otras zonas urbanas, pero se debilita en las zonas rurales, lo que preservará la preponderancia territorial y parlamentaria del PRI y el PAN. Ningún presidente mexicano ha contado con una mayoría en el Congreso desde el colapso de la hegemonía del PRI, y el partido de AMLO no tiene gobernadores estatales, y cuenta con muy pocos alcaldes. En otras palabras, López Obrador necesitará del “régimen” para gobernar México.

Falta mucho tiempo hasta que los mexicanos elijan a su próximo presidente, que gobernará hasta 2024 (el último año de un hipotético segundo mandato de Donald Trump). Las encuestas electorales son volátiles, y AMLO tiene la tendencia de auto sabotearse cuando la victoria está cerca. Pero la fortaleza de Morena y su gran desempeño en el corazón del poderoso PRI pone a la izquierda mexicana más cerca del poder que nunca. Si López Obraor atrae a los independientes cansados de la corrupción y la violencia y muestra que puede llegar a acuerdos sin comprometer sus principios, la tercera podría ser la vencida.