Recordando el 11 de Septiembre del 2001

World Trade Center Lights Scott Hudson / Flickr / CC BY 2.0

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Los ataques en Nueva York y Washington, DC hace veinte años fueron un momento decisivo en la historia que cambiaron a Estados Unidos y al mundo para siempre. Al conmemorar ese trágico día y pensar en su significado, compartimos el siguiente artículo escrito por Michael Shifter, presidente del Diálogo Interamericano, que fue publicado en la revista Que Hacer el 8 de octubre del 2001.

Golpe al corazón

La analogía más cercana fue el 5 de junio de 1968. Ése fue el día en que mis sueños se hicieron añicos y en que el mundo cambió. Estaba viendo televisión. Bobby Kennedy, el senador de mi Nueva York natal, acababa de ser declarado victorioso en la primera contienda Demócrata de nominación para presidente en California, cuando alguien le disparó y lo mató. Bobby era mi héroe político, un personaje carismático que encarnaba la esperanza de una era de turbulencia. Lloré desconsoladamente durante días. No quería hablar con nadie.

Lo que recordé espontáneamente ese día –e hizo el pesar tanto más doloroso- fue el shock de 5 años antes, cuando el hermano de Bobby, el presidente John F. Kennedy, fue asesinado en Dallas, Texas. En esa época yo sólo tenía 8 años. Para una generación completa ese momento trágico fue tremendamente devastador. Mary McGrory, ahora columnista del Washington Post, dijo: «Nunca más volveremos a reír». Daniel Patrick Moynihan, quien había trabajado bajo las órdenes del presidente Kennedy y acaba de jubilarse como senador de los Estados Unidos por Nueva York (el mismo escaño que tuvo Bobby) le contestó: «Mary, volveremos a reír. Más nunca volveremos a ser jóvenes otra vez.»

Para otra generación la inocencia se perdió totalmente el 11 de setiembre del 2001. “ATACAN A EE.UU.”, el titular del New York Times del día siguiente lo decía todo. Todos en todas partes estaban anonadados por lo que había pasado. Pero noté que especialmente los hombres y mujeres jóvenes de veintitantos años que trabajan conmigo en el Diálogo Interamericano (un centro de política en Washington D.C.) entraron en una profunda crisis existencial. En un marco de ideas más amplio, trabajar todos los días en un proyecto de políticas estadounidenses sobre América Latina les pareció realmente inconsecuente. ¿Qué sentido tenía todo esto?

Nacida después de la guerra de Vietnam, esta generación (y con ella, todos nosotros) se esforzaba por darle sentido a esta pérdida de vidas en tierra americana: 6,000 muertos. Es decir, más del 10 por ciento de los americanos que murieron durante toda la guerra de Vietnam, el trauma nacional que desgarró a los Estados Unidos por más de una década. De las numerosas comparaciones y referencias hechas para poner los acontecimientos del 11 de setiembre en una perspectiva justa –se menciona a menudo el ataque Japonés de Pearl Harbor y la particularmente sangrienta Guerra Civil Americana-, la guerra de Vietnam me impresiona como la más intensa y dramática.

Al mismo tiempo, no hay otro lugar en Washington que sea más sobrio y que me reconforte tanto como el Vietnam Memorial inaugurado hace 20 años. Allí es donde fui al día siguiente de los atentados. Contrariamente a otros monumentos impresionantes del National Mall en Washington, éste predispone a la introspección y a la reflexión profunda. Es tremendamente conmovedor. A poca distancia del Vietnam Memorial está el Franklin Delano Roosevelt (FDR) Memorial, abierto desde hace algunos años.  Ya lo he visitado varias veces, y después del Vietnam Memorial me dirigí hacia allí otra vez.  En las piedras se veían inscripciones grabadas, tan elocuentes y sencillas como 4esta generación de americanos tiene una cita con el destino», expresadas por el presidente que condujo a los Estados Unidos en la Gran Depresión y la II Guerra Mundial.

Se ha constatado a menudo -y con justa razón- que el liderazgo y la elocuencia política son escasos en los Estados Unidos hoy en día. Mas la crisis ha convocado a lo mejor de los Estados Unidos. Especialmente Rudy Giuliani y Colin Powell, el Alcalde de Nueva York y el Secretario de Estado, hijos respectivamente de inmigrantes italianos y jamaiquinos. Giuliani estuvo extraordinario, y sencillamente nos mostró la combinación perfecta de tenacidad y humanidad pura y simple. Como diría Hemingway, mostró «elegancia bajo presión». Sin mencionar el hecho de que puso en riesgo su vida. Rara vez un personaje público ha mostrado tanta valentía. Giuliani ha sido apropiadamente descrito como «Churchill con un gorro Yankee».

Es difícil de creer que cuando Colin Powell fue informado de los atentados (durante su visita a Lima para la reunión de la Organización de Estados Americanos), había salido en portada del Time, aquella semana, comentando que perdía influencia dentro de la administración Bush. Eso, ahora, parece historia antigua. Por cierto, esta crisis ha catapultado a Powell –el soldado consumado y cada vez más el consumado diplomático—a la cabeza de la política exterior de los Estados Unidos. Powell, hombre claro y eminentemente sensible, ha prevalecido sobre otros en la administración, que quizás hubieran deseado una reacción más rápida y agresiva de los Estados Unidos a los atentados. En una crisis, en la cual es normal intentar identificar los efectos «positivos», el ascendente de Powell se encuentra a la cabeza de la lista.

El presidente George Bush –que pocos han confundido con Winston Churchill, Abraham Lincoln o Franklin Delano Roosevelt—sorprendió a muchos que temieron que no tuviera la paciencia y el suficiente control para armar una coalición internacional antes de pasar a la acción militar. No obstante, ha estado a la altura de la situación; hasta habló, unos cuantos días después del atentado del 11 de setiembre, con inusual autoridad y poesía. Bush, al igual que el Congreso y los medios de prensa de los Estados Unidos, han beneficiado de pocas expectativas en una bienvenida muestra de cautela. (Estoy escribiendo esto mientras el esperado bombardeo a Afganistán ya comenzó).

Ironías, desde luego, abundan. Lo más impresionante es que el Presidente, aunque menos favorablemente dispuesto que Ronald Reagan ahacer el papel de gobernante, en esta circunstancia tan urgente se convirtió en abogado del gobierno, lo que incluye hacer gastos a niveles que hubieran impresionado a FDR, incluso a Keynes. En un relámpago se desvaneció la pesada ideología que apelaba a un rol limitado del Gobierno Federal. Una crisis nacional –sobre todo estando el aspecto seguridad en la mente de la gente-cambió todo esto.

Fue obviamente Bush, cuyo nivel de aprobación superaba el 90 por ciento, quien estuvo en la cresta de esa ola de patriotismo, sin precedentes por años en el país. Las banderas flameaban y siguen flameando en todas partes. En la radio y la televisión se oye con frecuencia «God Bless America» (Dios Bendiga América) y el himno nacional. En la mayoría de los casos, el patriotismo ha sido benigno, hasta saludable, mostrando señales de sofisticación en algunos casos.

Sobre este punto, sería útil recordar el enfoque de George Orwell sobre la diferencia entre patriotismo y nacionalismo. (Otro efecto «positivo» de la crisis ha sido que las agudas observaciones de Orwell sobre temas como el pacifismo y el fascismo, junto con el uso –y el abuso– de la lengua, han formado parte del debate público). En 1945, escribió en un ensayo: «No se debe confundir el nacionalismo con el patriotismo… Por ‘patriotismo’ quiero decir devoción hacia un lugar en particular y un estilo de vida particular, que uno cree el mejor del mundo pero que no necesariamente desea imponer a otros. ‘Nacionalismo’, por otro lado, es inseparable del deseo de Poder. El objetivo permanente de todo nacionalista es conseguir más poder y más prestigio, no para él sino para la patria u otra unidad en la que ha escogido fundir su propia individualidad». Esto, por supuesto, conlleva el riesgo y la preocupación de que el patriotismo sano ceda ante un tipo de nacionalismo chauvinista que viene acompañado por cierta intolerancia. Esto, obviamente, no es del todo saludable.

Además, tres semanas después del ataque existían ya algunos indicios de que la bienvenida madurez exhibida por las instituciones americanas ante las consecuencias desastrosas del 11 de setiembre empezaban ya a desgastarse. Un tipo de politica partidaria mezquina, misericordiosamente ausente por un tiempo, retornó a la escena política. Varias empresas en la América corporativa se aprovecharon de la ola patriótica con su publicidad descarada. Incluso Giuliani, montado sobre una ola de adulación, estuvo tentado de aferrarse al poder (mediante medios legales desde luego) para extender su mandato más allá del límite del 1° de enero del 2002. Pero al final se abstuvo sabiamente.

Los atentados del 11 de setiembre sacaron a relucir un enorme brote de solidaridad y simpatía de muchos amigos en todo el continente latinoamericano. No había tenido noticias de algunos de ellos por décadas. A pesar de que las circunstancias eran horribles, fue lindo volver a comunicarse con los viejos amigos. Los mensajes de amigos peruanos y colombianos –quienes no eran extraños a esa inseguridad y han vivido (algunos lo siguen viviendo) ese terrorismo en carne propia, fueron particularmente reconfortantes.

Mi estadía en el Perú en la última parte de los 80 y la primera de los 90 me ayudó a sensibilizarme ante cierto tipo de lenguaje y el sentido de términos como «terrorista». Aprendí que el término es frecuentemente invocado, o evitado, de acuerdo a la necesidad política de uno. Muchos de los debates actuales aquí me recordaron las discusiones de alto voltaje que teníamos en esa época en el Perú sobre cómo definir mejor a Sendero Luminoso y el MRTA. Por ejemplo, la campaña enfocada hacia Bin Laden, ¿es un «acto de guerra» o una «acción policial»? Y, si se trata de la primera, ¿por qué tanta preocupación por «ajusticiarlo»? La descripción de los terroristas (y pareciera que si el término encaja en algún lugar, es en éste) como «cobardes» también creó alguna controversia. ¡Ojalá hubieran sido más «cobardes» el 11 de setiembre!

Ni siquiera mi familiaridad con el terrible fenómeno de las «desapariciones» en el Perú, Argentina, Guatemala, Chile y Colombia me preparó debidamente para las expresiones de angustia de cientos de habitantes de Nueva York portando fotos de sus queridos «desaparecidos», esperando que gracias a algún milagro se les encontrase vivos. De las múltiples imágenes trágicas post setiembre 11, éstas son las que quedaron grabadas en mi mente.

Todos hemos luchado para levantar el velo de la depresión y el ánimo sombrío que ha acompañado naturalmente esta tragedia. Con el tiempo, lo más seguro es que la vida vuelva, aunque lentamente, a su ritmo «normal».

Felizmente, los veinteañeros hombres y mujeres del Diálogo Interamericano parecen haberle encontrado un sentido al trabajo con las políticas latinoamericanas de los Estados Unidos en Washington. Han vuelto a empezar a disfrutar un poco de la vida. Hasta se ríen.

Pero aunque lo intenten por todos los medios, nunca volverán a ser jóvenes.

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Traducción del inglés de Ingrid Sipkes


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