Los desafíos del nuevo Presidente de Colombia

Si Iván Duque albergaba alguna ilusión de disfrutar una luna de miel tras asumir la presidencia de Colombia, el mismo día de su toma de posesión se desvaneció. Duque, de 42 años, se presentó en su discurso inicial como un tecnócrata de centro, un joven modernizador y ―por encima de todo― un líder libre de las cargas del pasado y capaz de unir a un país profundamente polarizado.

Sin embargo, antes de que pudiera tomar la palabra frente a los diez jefes de Estado presentes, las delegaciones diplomáticas, los altos dignatarios colombianos y, por supuesto, las cámaras de televisión, el Presidente del senado ―miembro de su partido y aparente aliado― se explayó en una larga e implacable crítica al gobierno del presidente saliente Juan Manuel Santos. Ese mismo día, 7 de agosto de 2018, en el periódico de mayor circulación nacional, el partido de Duque, el Centro Democrático, pagó una inserción de una plana completa en la que enumeró los supuestos fracasos de Santos. Las acusaciones, resaltadas contra un lúgubre fondo negro, iban desde que había “saturado” al país de impuestos hasta que lo había dejado “nadando” en coca y “en las manos” del crimen organizado. En ese contexto, y mientras Duque escuchaba el insólito discurso del Presidente del Senado, los seguidores del candidato derrotado en la segunda vuelta, el líder de izquierda Gustavo Petro, se reunían en manifestaciones multitudinarias de protesta en distintas ciudades del país. Hasta ahí llegó la esperada luna de miel.

A primera vista, Duque hereda un país preparado para recibir el futuro expansivo y moderno que imagina en sus discursos. En 8 años, el gobierno del presidente Santos disminuyó la pobreza y la desigualdad, redujo el índice de homicidios a su nivel más bajo en 42 años y aprobó una histórica ley a favor de las víctimas del conflicto. También triplicó la red vial del país, expandió las áreas naturales protegidas, puso a Colombia en el mapa del turismo mundial e hizo crecer la economía (aunque modestamente), a pesar de una profunda caída en los precios de las materias primas.

Pero lo más notable es que Santos logró negociar un acuerdo de paz para poner fin a medio siglo de conflicto armado contra el grupo insurgente más grande y poderoso del hemisferio, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (farc). Como consecuencia, mejoró la imagen de Colombia en el extranjero, el país fue admitido en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (ocde) y Santos recibió el premio Nobel de la Paz.

Sin embargo, tanto los aliados más importantes de Duque como sus más radicales oponentes ven una Colombia diferente. Y mientras que los logros de Santos son patentes, tampoco se pueden negar los problemas que dejó sin resolver. El expresidente Álvaro Uribe, enemigo acérrimo de Santos y padrino político de Duque, lidera una base dura de un 30% del electorado que parece desear el regreso a las políticas de derecha seguidas entre 2002 y 2010 en todos los campos, desde el combate al tráfico de drogas hasta la seguridad y la política social, además de la imposición de condiciones nuevas y más estrictas para la reincorporación y la participación en política de los líderes desmovilizados de las farc. La oposición se encuentra dividida: el centro apoya el proceso de paz y políticas más liberales, pero no tiene un líder visible, mientras que la izquierda, encabezada por Petro, ha sabido canalizar la frustración popular producida por la desigualdad, la exclusión social y la corrupción. Petro logró pasar a la segunda vuelta y, apoyado por una parte importante del centro, consiguió una votación sin precedentes para la izquierda colombiana en unas elecciones nacionales: casi ocho millones de votos de cerca de dieciocho millones depositados. El candidato de izquierda, que no subía del 15% en ninguna encuesta, encontró en la oposición radical un camino para llegar al poder en 2022. Naturalmente, seguirá persiguiendo esta agenda a cualquier costo.

Duque hereda una coyuntura desafiante. Un proceso de paz que divide al país en dos mitades casi exactas, un vecino en implosión ―Venezuela― que origina una crisis migratoria sin precedentes, zonas rurales descuidadas que luchan contra el crecimiento del cultivo de coca y la llegada de nuevos grupos criminales, como los cárteles mexicanos, y múltiples demandas ciudadanas sin atender. Pero lo que redobla la dificultad de estos desafíos es la realidad más profunda de un país agrietado y de una dinámica política en la que la polarización ayuda notablemente tanto al Centro Democrático, liderado por Uribe, como a la oposición encabezada por Petro. Para afrontar los problemas que supone gobernar Colombia, Duque debería tratar de disolver esta dinámica, pero enfrentará graves tensiones de ambos sectores. Cuando se enfoque en el futuro, la polarización lo impulsará a revivir las batallas del pasado. Duque, un político nuevo, sin experiencia ni capital político propio pero con un talento incuestionable, deberá someter sus incipientes habilidades como gobernante a las ácidas pruebas de la polarizada política colombiana.

Si Colombia conserva la reputación de ser un país que prefiere una política pragmática de centro o si se inclina hacia la extrema derecha o izquierda ―en un futuro no lejano―, dependerá en gran medida de su capacidad para afrontar este desafío.

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Este artículo apareció en Foreign Affairs Latinoamérica • volumen 18 • número 4 • octubre-diciembre 2018