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Por qué Ortega podría ganar

By Manuel Orozco
Nicaragua's Confidencial, May 24, 2010

La premisa de Ortega es que las élites políticas (y económicas) no sandinistas asignan un valor muy alto a la aversión al riesgo político sobre cualquier otra opción, y su capacidad de asumir el riesgo de derrotar al FSLN leal a Ortega, aunque no imposible, es muy débil.

Las tensiones políticas y manifestaciones en la calle confirman una vez más que Daniel Ortega mantiene una visión estratégica de la política nicaragüense de la cual su élite no ha podido desenmarañarse. El trabajo de Ortega de fortalecer su poder político ha descansa en cinco consideraciones estratégicas y cuatro premisas que le dan seguridad que sus opciones le otorgan el gane en el largo plazo.

Mientras los políticos de oposición se enfocan en ganar batalla tras batalla, pierden de vista la lucha de largo plazo, la cual no es simplemente eliminar a Ortega del espacio político.  De ahí que no es accidental que cada vez que una crisis política de alta tensión ocurre, ella esté seguida de manifestaciones en la calle por grupos simpatizantes del Presidente, quienes frecuentemente hacen uso de la intimidación y la violencia comedida, no extrema.  Como táctica, no es una opción nueva, sino que es una práctica típica del populismo Sandinista que data desde 1980.  Los escenarios políticos a favor de un cambio democrático dependen más del cuadro estratégico del presidente Ortega.

La estrategia de Ortega

Daniel Ortega ha luchado por tener una influencia política suprema en Nicaragua, ya sea como presidente o fuera del gobierno.  Pero dependiendo de las circunstancias, perpetuarse en el poder como máxima autoridad política reafirma estas intenciones. De ahí que es importante entender la naturaleza a veces legal, pero no democrática o legítima de sus acciones políticas que informan su estrategia.  Sus cinco componentes son los siguientes: 

Primero, mantener una sociedad civil débil, poco organizada;

Segundo, propiciar mediante varios métodos una oposición política fragmentada, sin cohesión estratégica o ideológica, basada en la negociación con élites políticas de su escogencia (Arnoldo Alemán, un cacique desprestigiado pero con capital político en la base local del país);

Tercero, asegurar su control institucional por la vía legal, independientemente del nivel de legitimidad que tuvo el uso de esas leyes.  Para ello, hace uso del aparato jurídico, legislativo o ejecutivo, aprobando decretos, y manteniendo un círculo de autoridades políticas que dan mayor lealtad a él sobre el estado de derecho.

Cuarto, mantener una relación con el sector privado que no los antagonice o atemorice y evitar confrontarse directamente con Estados Unidos. Al fin y al cabo, la gran empresa Nicaragüense prefiere la estabilidad económica sobre todo.

Quinto, neutralizar el aparato de seguridad nacional (la policía, y el ejército en particular) de manera que éste no intervenga directamente en sus opciones políticas.

Premisas

El uso de estas fuentes de control, descansa en la creencia de la inmovilidad de cuatro premisas fundamentales. Primero, que desde el fin de la dictadura de Somoza hay un ciclo político en Nicaragua en el cual el FSLN como partido o gobierno inicia una propuesta o decisión política controversial, que es seguida por un posicionamiento de la oposición, que se convierte eventualmente en disputa interna y sin consenso, acompañado por una movilización social débil y sin enlace con los partidos. Eventualmente el posicionamiento de la oposición contra la iniciativa de Ortega o su partido crece con mayor intensidad, para lo cual Ortega (y sus seguidores) responden con una fuerte movilización de masa con violencia e intimidación, que eventualmente termina con una salida negociada que en el largo plazo favorece a Ortega.  Este ciclo ocurre durante períodos ordinariamente de menos de 24 meses.

Segundo y acompañado con este ciclo político, está la premisa que la oposición o la élite política que ha lidiado contra Ortega (ya sea desde el gobierno o como partidos), dada su historia política reciente o pasada, permanecerá fragmentada, aun cuando esté en el poder, con un capital político permanentemente débil.

La tercera premisa es que las élites políticas (y económicas) no sandinistas asignan un valor muy alto a la aversión al riesgo político, sobre cualquier otra opción y su capacidad de asumir el riesgo de derrotar al FSLN leal a Ortega, aunque no imposible, es muy débil.

Finalmente, el FSLN cree firmemente en la lealtad sin excepciones de una masa crítica de simpatizantes que no solo sirve para mantener un fuerte nivel de estabilidad del partido pero que se despliega sobre la población de manera que en ciertas condiciones el apoyo a Ortega o el FSLN crece.  Esta masa crítica cree fervientemente que la élite política es clasista, elitista por naturaleza y económicamente excluyente, para lo cual es justificable su derrota bajo cualquier medio.

El significado de la realidad política actual

Desde los últimos veinte años Nicaragua ha pasado por intensas crisis políticas, que incluyen la destitución de Humberto Ortega en el 94, la reforma constitucional del 95, el pacto FSLN-PLC del 98, el proceso político sobre el juicio y rol futuro de Arnoldo Alemán en 2001, el debilitamiento y chantaje político contra Enrique Bolaños en sus últimos 18 meses, y el reposicionamiento autoritario del actual presidente.  En cada una de esas crisis, el país ha pasado por ciclos políticos en donde el balance del control de Ortega ha ido en su favor.  En algunos casos, este balance no ha contravenido un progreso institucional, pero subterráneamente ha sentado raíces del control político e institucional leal a Daniel Ortega.

Aunque el intento de reelegirse precede su actual mando, éste se intensifica en su segundo año como Presidente montando un mecanismo de división en la sociedad civil y la oposición política que le permite poco a poco calcular su avance hacia el objetivo de montar su re-elección y eventual victoria. Su estrategia ha funcionado, ha mantenido a la sociedad civil con una baja movilización, a la oposición dividida en una lucha interna constante sobre cuál es el líder legítimo, Alemán o Montealegre, se ha apoyado de fuerzas de choque, ahora remuneradas a través de becas estudiantiles o de salarios devengados por su trabajo en los CPCs, y ha logrado neutralizar tanto al sector privado, con estabilidad económica neoliberal, como a los aparatos de seguridad.  La debilidad de la oposición es aparente y su capital político está supeditado al apoyo o no de Alemán y la creencia que el problema es simplemente la derrota de Ortega.

Los escenarios políticos

La realidad del momento presenta perspectivas muy limitadas de democratizar el país y se observan cuatro escenarios.

Un primer escenario consiste en la formación de una coalición multiclasista que galvaniza a varios sectores que asumen el riesgo político de detener las intenciones de Ortega utilizando varios métodos de resistencia política, la desobediencia civil incluida y tampoco permite una elección de Alemán. Otro escenario es el típico arreglo pactista en el cuál Alemán acuerda competir con Ortega para el 2011 sin una solución completa a la crisis institucional actual. El tercer escenario es una división continua de la oposición que garantizará la victoria electoral de Ortega pero que estará caracterizada por un gobierno más moderado conspicuamente claro de su falta de legitimidad. Un cuarto escenario es la continua paralización del aparato político, en donde tanto el gobierno como la oposición se debilitan con decisiones inciertas que eventualmente permiten la entrada de Alemán, Ortega y un tercer contendiente, como solución de último camino.

El resultado de cualquier de estos escenarios depende de cómo Ortega adapta su estrategia y sus probabilidades de éxito ante la respuesta opositora y de si la oposición política asume el riesgo de cambiar su actual modus operandi.

Manuel Orozco es Politólogo nicaraguense. Director del programa Remesas y Desarrollo, Diálogo Interamericano, Washington DC.